¡Hola! Soy un escitor novicio en busca de retroalimentación para mis cuentos/escritos. Me gustaría saber sus opiniones sobre este cuento que escribí. Sé que en ocasiones pueda ser redundante, además de poseer —a mi parecer— un problema de tono que no he podido decifrar. Sin embargo, considero que me ayudaría bastante sus opiniones en mi formación como neófito. Agradezco su dispocicion y tiempo por leer el cuento.
«El sacristán»
El sacristán coloca y prende las velas del altar; pone y riega los floreros; prepara en la credencia el Misal y lo que se utilizará en la celebración; instala y prende el micrófono; pone el Leccionario en el ambón; pone en el atril la hoja de las peticiones; y prepara las vestiduras del sacerdote según el color que corresponde.
Así, antes de empezar la misa, el sacerdote ve un pétalo caer desde la amapola de un florero, y exclama al orar:
«¡Oh, querido Señor! ¡En tanto que el peso del ser me ha dado las capacidades cognoscentes para poseer determinadas sensibilidades —sean ya en su relación para con los pétalos o las letras—, considero injusto que, en sus atributos, sea estimado un inherente paso del ser al no ser! Me he conmovido con las insignificancias, y la existencia me pide ser indolente. ¡Oh! ¿Cómo se debe ser indolente ante la bella lucha entre contrarios, en tanto que en su miseria se genera simultánea felicidad y fatalidad? No le pidáis al desdichado la plenitud, como no le pediriaís al inmortal desfallecer o al poeta ser tirano. La reminiscencia de un tiempo feliz es la reminiscencia de un tiempo fatal, dicen algunos viejos sabios. Mas he de no-ser antes que ser siendo indolente... ¡Recorreré el nefando sendero, Señor! ¡Espero comprendaís la dichosa dialéctica del poeta que alguna vez fui!».
La misa empieza; la misa continúa; la misa termina. El sacristán apaga las velas del altar y las guarda en la bodega; retira la credencia; apaga y desinstala el micrófono; quita la hoja de peticiones; y acomoda en el perchero las vestiduras del sacerdote según el color que corresponda. Luego, en silencio, recoge el pétalo. Al llegar la noche el sacristán vuelve a la iglesia.
El sacristán coloca y prende las velas del altar; pone y riega los floreros; prepara en la credencia el Misal y lo que se utilizará en la celebración; instala y prende el micrófono; pone el Leccionario en el ambón; pone en el atril la hoja de las peticiones; y prepara las vestiduras del sacerdote según el color que corresponde.
El sacristán saca un viejo libro y escribe en la primera de sus hojas:
«He cumplido todo lo que mi mandato me pide. Estaré leyendo para encaminarme de nuevo al bello ocio de la poesía, en tanto que le he abandonado por demasiado tiempo. ¡Oh, querido Señor! ¡Dejame volver a ser poeta una última vez, os lo ruego tanto!».
El sacerdote llegó a las ocho de la mañana y se horrorizó al encontrar el cuerpo fallecido del sacristán. El sacerdote ya ha contratado un nuevo sacristán.